
El trabajo infantil en el sector doméstico es una de las formas más invisibles de trabajo infantil. En muchos casos, queda oculto dentro de los hogares, fuera del alcance de la inspección de trabajo y los sistemas de protección social. Además, afecta de manera desproporcionada a las niñas y adolescentes mujeres, perpetuando la división sexual del trabajo y limitando su acceso a la educación y otras oportunidades, tanto presentes como futuras.
Para la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Iniciativa Regional América Latina y el Caribe Libre de Trabajo Infantil*, poner el foco en esta problemática es fundamental para diseñar soluciones que retiren a las niñas y los niños de este trabajo y garanticen sus derechos.
Juana del Carmen Brítez, referente sindical y ex trabajadora infantil, comparte su historia de lucha y resiliencia.
Entrevistada
Juana del Carmen Brítez (Buenos Aires, Argentina) es Presidenta de la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar (FITH), dirige la Unión Personal Auxiliar de Casas Particulares (UPACP) en Argentina y es Directora de la provisión del cuidado de la salud en OSPACP (Obra Social del Personal Auxiliar de Casas Particulares). Es abogada y ha dedicado 35 años a la lucha por los derechos de las trabajadoras del hogar, logrando poner la problemática en la agenda social de Argentina, la OIT, ONU Mujeres y otras organizaciones internacionales
Una infancia marcada por el trabajo
El trabajo infantil doméstico suele comenzar en la niñez, muchas veces por necesidad y en condiciones que vulneran derechos fundamentales. Juana del Carmen Brítez lo vivió en primera persona.
«Cuando tenía 9 años, mi mamá nos dijo que iba a la verdulería y no volvió. Como hermana mayor, me quedé criando a mis dos hermanos de 7 y 5 años. Mi papá trabajaba en la construcción y apenas lo veíamos. Administrar el hogar, cocinar, limpiar y ocuparme del dinero fue mi realidad desde niña.
Mis hermanos y yo nos movíamos como un equipo: al colegio, al club, en el tren… siempre cuidándonos entre nosotros. Cuando mi mamá regresó –años después– y nacieron tres hermanos más, tuve que dejar la escuela secundaria para trabajar como empleada doméstica en un hogar de terceros (tanto en la casa como en el negocio familiar). Así, viví dos formas de trabajo infantil: primero dentro de mi hogar y luego para otra familia».
La división sexual del trabajo
Desde la infancia, la división sexual del trabajo determina diferencias que afectan de manera desproporcionada a las niñas: son ellas quienes asumen la mayor carga de trabajo doméstico y de cuidado, a diferencia de sus pares hombres. Estas barreras, en la adultez, restringen la autonomía económica, social y política de las mujeres, y perpetúan las desigualdades de género.
«Yo no jugué con muñecas; fui madre de mis hermanos antes de ser niña. No conocí el cine hasta los 18 años. Mi papá me decía que cuando creciera, yo iba a tener que mantenerlo. ¿Por qué yo y no mis hermanos? ¿Por ser mujer?».
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